Editorial

Una mirada crítica a la política migratoria de Estados Unidos y la doble moral internacional


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Desde la llegada de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos, el mundo ha sido testigo de una política migratoria marcada por la dureza, la represión y la intolerancia. Tan radical ha sido su postura, que no dudó en desplegar a la Guardia Nacional para sofocar con fuerza las protestas que surgieron en California, cuando ciudadanos alzaron su voz contra las redadas y persecuciones dirigidas a comunidades migrantes, especialmente latinoamericanas.

Sin embargo, lo que resulta profundamente inquietante y revelador es el silencio sepulcral de organismos como la ONU, la OEA, Amnistía Internacional y un sinfín de ONGs que, con frecuencia, señalan con dedo acusador a la República Dominicana por su política migratoria respecto a la población haitiana. ¿Dónde están ahora esas voces supuestamente defensoras de los derechos humanos? ¿Por qué no condenan con la misma fuerza las acciones del gobierno estadounidense?

La República Dominicana, al igual que cualquier nación soberana, tiene el derecho —y el deber patriótico— de establecer una política migratoria que proteja su identidad, su estabilidad y su soberanía. No aceptamos que se nos imponga una visión hipócrita, donde lo que se tolera en las grandes potencias se condena con dureza en los países pequeños.

Hoy, más que nunca, nos hacemos una pregunta legítima y necesaria: ¿Por qué no acusan a Donald Trump de racista y xenófobo como lo hacen con nuestras autoridades? ¿Dónde están los defensores de los derechos de los haitianos cuando las deportaciones vienen desde el norte?

Como dominicanos, exigimos respeto, justicia y equidad. No pedimos privilegios, solo el reconocimiento de que nuestra patria tiene el mismo derecho a defender sus fronteras que cualquier otra nación del mundo. Porque la soberanía no se negocia. Se defiende con dignidad y amor por la tierra que nos vio nacer.

 

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