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Robert Bamford Cerveza Corona “No importa cuán humilde sea el comienzo… si tu visión tiene alma, un día dejará huella en cada camino.”


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En 1925, en medio del auge industrial de México, nació Corona en la Cervecería Modelo de Ciudad de México. Lo que comenzó como una apuesta local por crear una cerveza clara de calidad, pronto se convertiría en una de las marcas más reconocidas del planeta.

Inspirada en las cervezas tipo pilsner, Corona tenía algo diferente: su sabor ligero, refrescante y fácil de beber, ideal para el cálido clima mexicano. Pero su verdadero golpe maestro fue el empaque: una botella transparente (inusual en ese tiempo), que dejaba ver el dorado líquido y transmitía frescura. Sumado a eso, la clásica rodaja de limón en el cuello de la botella se volvió un ritual que enamoró al mundo.

Durante décadas, Corona fue ganando terreno en México, hasta que en los años 80, dio el gran salto al mercado estadounidense. Allí, su imagen tropical, playera y relajada conquistó a millones. Se convirtió en un símbolo del “Mexican lifestyle”: sol, arena, mar y buena vibra.

El eslogan “La cerveza más fina” no era solo una frase: era una declaración de estilo de vida.

Hoy, Corona es la cerveza mexicana más vendida en el mundo, exportada a más de 180 países. Ha patrocinado eventos de surf, música y deporte, y sigue siendo sinónimo de momentos felices, vacaciones soñadas y celebraciones al aire libre.

“No buscaba solo velocidad… anhelaba carácter, distinción y alma británica. Así comenzó la leyenda que conquistó el asfalto.”

Todo nació de una obsesión que me aceleraba el corazón: los autos y la adrenalina de las carreras. No heredé riqueza, ni tenía conexiones. Solo un taller diminuto en Londres, herramientas desgastadas, y un socio tan loco de pasión como yo: Robert Bamford.

Reparábamos autos ajenos mientras alimentábamos un sueño propio. Fue en una competencia en las colinas de Aston donde demostramos lo que éramos capaces de hacer. Ese día, el rugido del motor se mezcló con el nombre que cambiaría todo: Aston Martin. Pero antes de brillar, atravesamos tormentas.

La Primera Guerra Mundial nos obligó a frenar. Se fueron las inversiones, cerramos el taller, y el silencio reinó donde antes vibraba el motor. Cuando intentamos regresar, el golpe fue aún más duro: mi socio se retiró, no había ventas, y yo apenas podía dormir por la presión. Una vez vendí mi propio coche solo para pagarle al equipo. Pero dentro de mí ardía una visión: crear un auto que no solo corriera… sino que hiciera historia.

Me enfrenté a traiciones, bancarrotas, y momentos donde el nombre Aston Martin estuvo al borde del olvido. Pero algo extraordinario ocurrió: la esencia sobrevivió. Generación tras generación encontró en esa marca un símbolo de poder con clase. Desde los circuitos de carrera… hasta las películas de James Bond, todos querían sentir ese espíritu.

Mi nombre se fue desdibujando, pero mi sueño… ese sigue rugiendo bajo cada capó. Porque una idea, nacida entre grasa, sudor y fe, puede mover al mundo cuando se niega a morir.

 

 

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