Editorial

¿Cuándo dejan los derechos de ser derechos?


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Una madre llega de madrugada a un hospital público con su hijo enfermo. Después de horas de espera, recibe una respuesta conocida: no hay medicamentos, camas ni equipos disponibles. Mientras tanto, otra persona consigue atención inmediata mediante una llamada o la intervención de alguien con influencia. Ambos poseen el mismo derecho a la salud, pero el Estado no los trata con igualdad.

Esa diferencia revela una de las consecuencias menos discutidas de la corrupción: su capacidad para convertir derechos sociales en privilegios.

La corrupción no consiste únicamente en sustraer dinero público. También aparece cuando los presupuestos se sobrevalúan, los contratos se adjudican por relaciones políticas, los empleos públicos se distribuyen sin considerar el mérito o las ayudas sociales se utilizan para premiar lealtades. En todos esos casos, los recursos dejan de responder al interés general y comienzan a servir a grupos particulares.

Las consecuencias llegan directamente a la vida cotidiana. Una escuela construida con materiales deficientes representa estudiantes expuestos y oportunidades educativas reducidas. Una compra irregular de medicamentos puede dejar pacientes sin tratamiento. Una vivienda social entregada por favoritismo excluye a otra familia con mayor necesidad.

Surge así una frontera invisible. De un lado permanecen quienes disponen de dinero, contactos o poder para recibir respuestas rápidas. Del otro están quienes dependen exclusivamente de instituciones debilitadas, soportan largas filas y reciben servicios insuficientes.

El clientelismo agrava esta desigualdad porque presenta los derechos como favores. El dirigente entrega una beca, un empleo o una ayuda como si utilizara recursos propios. El ciudadano, en lugar de reconocerse como titular de un derecho, es colocado en la posición de beneficiario agradecido. De esa manera, la necesidad social puede convertirse en mecanismo de control político.

Romper esa frontera exige transparencia presupuestaria, vigilancia de las contrataciones, profesionalización del servicio público y criterios objetivos para distribuir beneficios. También requiere sanciones que alcancen tanto a los funcionarios responsables como a los particulares favorecidos.

La verdadera dimensión de la corrupción no puede calcularse solamente sumando millones desaparecidos. Debe medirse en consultas médicas perdidas, aulas deterioradas, pensiones insuficientes y familias excluidas.

Cuando el acceso a la salud, la educación, la vivienda o la seguridad social depende de una llamada, una afiliación partidaria o una cuenta bancaria, ya no existen derechos universales. Existen privilegios administrados por quienes han convertido el patrimonio colectivo en recompensa para unos pocos.

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