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RESUMEN
Ese día abrí la olla y solo había agua. Mi hija me miró con hambre… y yo solo tenía dos cosas de valor: mi dignidad y mi cabello. Me lo corté frente al espejo con rabia. Fui a un salón y lo vendí por lo justo: dos libras de arroz y media panela. Esa noche comimos. Pero mientras veía mi reflejo rapado, me dije: “Si me va a doler… que valga la pena.”
Empecé a investigar con lo poco que tenía: cebolla, sábila, romero. Preparé un ungüento natural para el cuero cabelludo. Lo probé en mí, luego en una vecina. Al mes, el cabello nos crecía más fuerte. Empecé a vender botellitas recicladas en las ferias. Le puse nombre a mi invento: “Raíz Firme”. Porque aunque me había quedado sin nada… todavía tenía raíz.
Me burlaban por “vender menjurjes”. Pero yo sabía lo que tenía entre manos. Profesionalicé la fórmula, conseguí apoyo de una dermatóloga, saqué permisos y etiquetas. Hoy exportamos a cuatro países, tenemos línea de shampoo, aceite y mascarilla, y damos empleo a madres cabeza de hogar. Cada frasco lleva un mensaje que dice: “Esto nació cuando ya no quedaba nada… solo voluntad.”
Hace poco, una influencer me pidió productos gratis “a cambio de visibilidad”. Le dije que yo ya tuve suficiente visibilidad… cuando me miraban con asco por vender con el pelo rapado y los ojos llorosos. Hoy no regalo. Hoy enseño que lo que se gana con lágrimas… no se rebaja.
“Hay cosas que te arrancan… pero también hay raíces que crecen más fuertes después del corte.”

