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RESUMEN
Por: Néstor Arroyo
@NestorArroyoD
Manuel del Cabral Tavares es el más universal de los poetas Nacionales, su obra, prestigio e influencia lo sitúan junto a Pablo Neruda, César Vallejo y Vicente Huidobro, como los máximos representantes de la poesía latinoamericana del presente.
Nació el Santiago de los Caballeros el 7 de marzo de 1907. Procedía de una familia vinculada a la historia nacional desde la fundación de la República. Basta citar al General José María Cabral y Báez, prócer de la guerra independentista contra Haití y de la Restauración frente a España, quien llegó a ocupar la Presidencia de la República. Su padre, Don Mario Fermín Cabral, fue un hábil político de tiempos de Trujillo que llegó a ser Presidente del Senado de la República y propuso, en un mitin celebrado en Santiago el 12 de junio de 1935, el cambio de nombre de la ciudad Primada por el de Ciudad Trujillo, aprobándose -esta antipatriótica solicitud- el 11 de enero de 1936, siendo Presidente títere de la República el Licenciado Jacinto B. Peynado.
Del Cabral, por el contrario, no tomó los intrincados caminos de las armas ni de la política, prefirió (siendo fiel a su destino) transitar la quieta senda de las musas e internarse en los frondosos bosques de la poesía.
Su padre quería que fuese abogado, esto contra la voluntad de Manuel, quien nos dice: “Fue heroica la lucha contra el autor de mis días; él quería, contra viento y marea, que yo fuese todo un flamante y respetable profesional”, nos confiesa el autor sobre aquella época en su indispensable “Historia de mi voz”.
Como respuesta a la solicitud paterna, Del Cabral escribió un poema (titulado “Carta a mi Padre”), donde expresaba que no podía desvincularse de la poesía:
“Qué más quieres de mí? ¿Qué otras cosas mejores?
Padre mío,
lo que me diste en carne te lo devuelvo en flores.
Estas cosas, comprende, yo no puedo callarte.
Yo, como el alfarero con su arcilla en la mano,
lo que me diste en barro te lo devuelvo en arte”.
Y sobre la solicitud paterna de “licenciarse” agrega más adelante lo siguiente:
“Que más quieres, no pudo
hacerse licenciado mi corazón desnudo.
Era mucho pedirle, Padre mío, ¡no sabes
lo grave que es a veces
un hombre que en el pecho le entierran viva un ave!”.
Con esta misiva “tan celebrada en la casa como en la calle”, ganó la batalla contra su padre y pudo, alejado de las aulas universitarias y de las intrigas políticas, dedicarse por completo a dar forma poética a las más íntimas inspiraciones de su alma.
Luego de publicar su primer libro “Pilón” se vincula con los más destacados escritores del país: Los Henríquez Ureña (Pedro y Max), Américo Lugo, Fabio Fiallo, Juan Bosch, entre otros. Años más tarde, en 1938, llega a New York donde se emplea como lavador de ventanas a cuarenta pisos de altura, para luego “descender” a diplomático en la Embajada Dominicana en Washintong.
Sus viajes continuarían abarcando Europa (España, Francia, Italia) y casi todos los países de América: Haití, Colombia, Chile, Argentina, etc. Aquí residió por diez años y contrajo segundas nupcias.
Del Cabral cultivó con éxito la prosa y el verso, de su pluma fluye, con irónico sentir mundano, la profunda sencillez de la palabra, con la inocencia de un niño que descubre las cosas.
Veamos un fragmento de su “Pequeña Carta a una Rosa”:
“Déjame ver que lloras, que tienes tantos “párpados”.
Déjame ver que gozas, sexo de tantos labios.
Ya sé que mi mirada te hace crecer espinas.
Ya sé que eres tan vieja como yo cuando callo.
Pero tú que en tus pétalos coleccionas mañanas,
tú que apretando alas, todo el amor del bosque
me lo das en tu breve primavera,
déjame que la mano te converse,
(…)
Ya sé que eres tan vieja como yo cuando canto,
sin embargo,
yo que en tu poco espacio tanto aprendo,
que veo en u rocío que hay párpados secretos,
vuelvo a tocar tu abismo que cabe en una mano”.
Así como transparente y profunda es su poesía, inconmensurable es su temática. Del Cabral pasa, con el equilibrio de un malabarista que sondea el abismo, de la poesía social, comprometida, de “La Isla Ofendida” o “Trópico Negro”, al tema mundano y sexual de “14 Mudos de Amor” o de “Sexo no solitario”, o se dirige a los niños, con las complejidades que sólo ellos entienden, en “Chinchina busca el Tiempo”.
Su poesía, no sólo canta aquellas cosas terrenales que nos son comunes y presentes: El amor, el odio, el hambre, el sexo, la opresión, la felicidad, la sed y la geografía. Sino, que toca también aquellos “Huéspedes Secretos” que todos llevamos dentro y que son etéreos, metafísicos, inefables.
Del bardo podríamos decir, citando unos versos de su épico “Compadre Mon”, que:
“Hay muertos que van subiendo
cuanto más su ataúd baja”.
Con la muerte de Manuel del Cabral, ocurrida hace más de un año, se enlútese la lira americana y universal, y el autor es colocado, con justeza, como una de las cumbres del parnaso del siglo XX.
Publicado en El Nacional, el 19 de noviembre de 2000,

