Contracultura

“Los amos del engaño: crónica de una democracia traicionada”


Escuchando artículo…
0:00 / 0:00

La historia política de la República Dominicana revela una herida abierta que atraviesa sus instituciones y sus representantes: el ejercicio del poder ha sido secuestrado por una lógica que privilegia el interés personal y la manipulación, por encima del deber ético y del bien común. Este ensayo propone una lectura genealógica del mal político que, como en la tragedia de Hamlet, se origina en una traición fundacional. La traición en la obra de Shakespeare no solo es el asesinato del padre, sino el quiebre moral que trastorna el orden simbólico. De forma paralela, en el escenario político dominicano, los ideales democráticos han sido traicionados sistemáticamente, generando una desconfianza profunda y una cultura de resignación.

Ese crimen fundacional —la ruptura entre el discurso democrático y la práctica real del poder— es lo que origina el resentimiento, tanto en quienes gobiernan como en quienes son gobernados. En Hamlet, ese resentimiento se convierte en parálisis, en duda, en furia contenida. En la política dominicana, se transforma en apatía, en cinismo, en un círculo repetitivo donde los partidos mayoritarios reproducen las mismas estructuras, cambiando los rostros pero no la lógica del poder. El mal, en este contexto, no es un accidente; es una forma de funcionamiento normalizado.

Thomas Hobbes, en El Leviatán, defendía la necesidad de un poder fuerte para evitar la guerra de todos contra todos. Pero ese poder debía estar orientado al orden y a la paz. En la República Dominicana, el poder se ha convertido en fin en sí mismo. La figura del Estado ha sido moldeada por una visión vertical que fomenta la obediencia, no la participación crítica. La educación cívica ha sido debilitada, cuando no cooptada, y el miedo ha sido instrumentalizado: miedo a perder privilegios, a quedar fuera de la red de favores, a cuestionar el discurso dominante.

El sujeto político que emerge de este contexto no es autónomo, sino funcional. Se forma en una cultura de la dependencia, del cálculo, de la conveniencia. Tal como señala Kant, el mal moral aparece cuando el individuo renuncia a pensar por sí mismo y permite que otros tomen decisiones en su lugar. La subjetivación que se genera en este entorno no permite la libertad, sino que produce ciudadanos sin criterio moral, acostumbrados a una política de simulación.

No se trata simplemente de denunciar la corrupción o el clientelismo. El problema es más profundo: se ha interiorizado una lógica donde el poder ya no necesita justificarse éticamente, sino solo sostenerse en la eficacia. Los partidos mayoritarios han contribuido a moldear generaciones de actores políticos que repiten los mismos vicios, porque el sistema no premia la virtud, sino la astucia. La genealogía del poder en la República Dominicana es también la historia de una pedagogía del mal: una enseñanza tácita de cómo sobrevivir en el sistema, no de cómo transformarlo.

Frente a esto, la propuesta kantiana de actuar conforme al deber y de tratar al ser humano como fin en sí mismo se vuelve urgente. La única forma de interrumpir este ciclo de reproducción del mal es a través de una educación ética que no se limite a enseñar normas, sino que forme sujetos con autonomía moral, capaces de resistir el uso instrumental de la política. La educación no puede seguir siendo la herramienta del adoctrinamiento partidario ni del conformismo social. Debe convertirse en el espacio donde se forje una nueva subjetividad crítica, libre, digna.

La tragedia de Hamlet, el diseño del poder de Hobbes y la ética de Kant coinciden en un punto esencial: el mal persiste cuando no se confronta. En la política dominicana, ese mal ha sido maquillado, justificado o desplazado hacia el adversario. Pero mientras no se reconozca como una estructura que atraviesa a todos, y mientras no se intervenga desde la raíz —la formación moral del sujeto—, no habrá verdadero cambio. La cura no vendrá de nuevas campañas ni de reformas superficiales, sino de una transformación profunda en la forma de concebir el poder y de formar a quienes lo ejercen.

Solo cuando emerja un sujeto político que piense por sí mismo, que actúe por convicción ética y no por cálculo, podrá iniciarse una ruptura real con el ciclo de traición, resentimiento y simulación que ha marcado la historia dominicana. La educación, entendida como emancipación moral, será entonces el único camino posible hacia una democracia auténtica.

Salir de la versión móvil