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La orquesta silenciosa del agro dominicano


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Gremios, federaciones, asociaciones y clústeres: el reto de alinear agendas para impulsar el desarrollo de la agricultura dominicana

Así como en una orquesta cada músico debe tener clara su partitura, seguir el compás del director y escuchar al resto de los instrumentos para lograr una interpretación armoniosa, en la agricultura dominicana cada actor, ya sea productor, técnico o profesional, debe reconocer su rol y trabajar en sintonía con los demás. Si los violines se adelantan, los metales se desajustan o el piano entra a destiempo, el resultado es ruido, no música. Lo mismo ocurre en el campo cuando asociaciones, clústeres, federaciones y colegios profesionales avanzan sin coordinación ni objetivos comunes.

La articulación entre estos actores no puede ser simbólica ni espontánea: debe ser técnica, estratégica y con visión compartida. Esta se concreta en agendas sectoriales que definan prioridades, metas y consensos. Un gremio aislado, por más legítimo que sea, no puede mover la aguja del desarrollo. Pero una red de organizaciones alineadas en torno a objetivos como la apertura de mercados, la mejora técnica, los estándares de calidad, la producción sostenible o la búsqueda conjunta de soluciones a desafíos estructurales como la mano de obra o la migración, sí puede transformar realidades. Mientras tanto, países competidores como Perú, Costa Rica, Colombia o Ecuador avanzan con mayor articulación entre sus gremios, instituciones y cadenas productivas, ampliando sus áreas cultivadas, abriendo nuevos mercados y consolidando su oferta con volumen y calidad. Frente a este contexto, no basta con diagnósticos dispersos o eventos puntuales: se necesitan hojas de ruta consensuadas, continuidad en el trabajo gremial y responsabilidades claras con resultados medibles.

En la práctica, muchas de las acciones que se impulsan desde distintos espacios de la agricultura dominicana suelen responder más a urgencias inmediatas que a una hoja de ruta compartida. Las agendas, cuando existen, tienden a ser más reactivas que estratégicas, centradas en demandas como precios de sustentación, regulación de importaciones, subsidios, aumentos salariales para técnicos o asistencia ante pérdidas por fenómenos climáticos. Incluso en ocasiones, el desplome de precios derivado de siembras no planificadas termina en llamados al Estado para absorber excedentes. Esta dinámica no necesariamente refleja errores individuales, sino la falta de una cultura gremial sostenida en planificación técnica, diagnósticos y coordinación intersectorial.

Si aspiramos a que la orquesta de la agricultura dominicana suene afinada y potente, necesitamos comenzar a hacernos preguntas distintas. ¿Cuántas toneladas o cuántos millones de dólares se han planteado los sectores productivos exportar en los próximos cinco o diez años? ¿Cuántas veces, en la última década, un gremio o federación se ha reunido al cierre del ciclo productivo para analizar con datos cómo el clima afectó el rendimiento de su rubro? ¿Dónde están las propuestas técnicas para actualizar la caja de herramientas de los profesionales del agro y ayudarlos a generar más valor? ¿Cuántas veces los sectores han exigido mayor investigación aplicada a las universidades y centros de investigación públicos? ¿Se están sistematizando y compartiendo las investigaciones que surgen desde los propios productores? Estas preguntas siguen siendo excepcionales, pero son esenciales si queremos medir cómo está sonando realmente esta orquesta silenciosa.

En el artículo anterior hablábamos del potencial agrícola dominicano como una paradoja: condiciones ideales, pero sin una estrategia clara para materializarlas. Si queremos romper esa paradoja, las agendas sectoriales deben ser más robustas y orientadas al futuro. Las demandas no pueden seguir siendo ecos aislados, sino parte de un esfuerzo colectivo con propósito. Solo entonces, esta orquesta silenciosa podrá convertirse en una fuerza transformadora para el futuro de la agricultura dominicana.

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