Investigación y Opinión

El auge de los BRICS: el fin del orden neocolonial y el cambio histórico irreversible


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Por: Autor: Tony Gutiérrez

Ayer lunes, primer día de junio, amaneció el sol con ese brillo que nos define, ardiente y brillante, anunciando ya la temporada de huracanes, ese ciclo inevitable que marca el ritmo de nuestra existencia en esta región del Caribe, donde la naturaleza nos recuerda siempre quién tiene la última palabra. Pero antes, el domingo 31 de mayo, salí muy temprano desde San Pedro de Macorís, tomé el autobús rumbo a la capital, hacia Santo Domingo, ciudad donde nuevamente intento reubicarme, aunque debo confesar con franqueza que ya esta ciudad me hastía profundamente.

Me hastía su bullicio incesante, ese ruido que entra por los oídos y no deja pensar. Me hastía el caos citadino, el desorden en las calles, el abandono visible de tantos barrios que parecen haber sido olvidados por la mano del Estado y por la propia dignidad humana. Pero más allá del paisaje físico, lo que verdaderamente me agobia es el ambiente cultural y mediático que aquí se respira. Ya no soporto sintonizar la radio ni la televisión; la forma en que tratan los temas es de una superficialidad que ofende la inteligencia. Siempre son los mismos protagonistas de siempre, reciclando discursos vacíos, sin profundidad, sin compromiso, sin verdad. Y lo que más me alarma es ver cómo las ideas y los pensamientos de derecha han ido carcomiendo, silenciosa y eficazmente, las mentes de las nuevas generaciones, mientras el libro, esa fuente eterna del saber, se vuelve cada vez más un objeto ausente, extraño y hasta ajeno para la mayoría.

Sin embargo, entre ese ruido y esa desolación, hubo luz: el reencuentro con mi cuñada Yuderka salvó por completo el ocaso de ese domingo, y el inicio de este mes de junio entró con una energía distinta, con muy buena onda, al lado de mi Yuka amada. Ellas son el refugio donde el alma descansa.

No obstante, no puedo dejar de sentir esa náusea sartreana cada vez que observo la politiquería de este país, ese espectáculo mezquino que parece no tener fin. Y aunque prometo alejarme, siempre termino cayendo de nuevo en sus brazos, quizás porque, como maestro de toda una vida, tengo esa obligación moral de mirar, de analizar y de preocuparme. Me duele ver la enajenación colectiva que avanza, especialmente en esa clase media que parece haber perdido el norte: todos absortos, hipnotizados por la pantalla del aparato celular, mirando hacia adentro o hacia lo lejano, pero desconociendo por completo la presencia del otro, del ser humano que está cerquita, al lado, caminando a su lado. No hay peor soledad, ni más honda, que la que se siente cuando uno está en medio de una multitud y, sin embargo, se sabe completamente desconocido, ignorado, invisible.

Esto que vivimos hoy, en el fondo, no es otra cosa que una lucha de inteligencias.

Es el choque frontal entre dos formas de entender el mundo, de procesar la realidad y de construir el pensamiento. Por un lado, está la inteligencia profunda, aquella que se forja en la lectura, en la reflexión solitaria, en el estudio de la historia, en el diálogo cara a cara, en el análisis crítico de las ideas. Es la inteligencia que cuestiona, que compara, que busca la verdad más allá de las apariencias, la que nosotros ejercimos, la que enseñamos y defendemos. Es la inteligencia que requiere esfuerzo, paciencia y memoria.

Y por el otro lado, se alza una inteligencia líquida, rápida, descartable, fabricada al vapor por los medios y las redes. Una inteligencia inducida, pasiva, que recibe todo ya masticado, ya digerido, ya interpretado. Es una inteligencia que no crea, sino que repite; que no pregunta, sino que asiente; que no mira al pasado ni al futuro, sino solo al instante efímero. Es la herramienta perfecta para quienes detentan el poder, porque una mente que no piensa por sí misma es una mente fácil de gobernar, de manipular y de conducir hacia donde ellos quieren.

Antes, no hace tanto tiempo, la vida urbana tenía otro calor. En los autobuses, en los parques, en los trenes, uno veía personas de cualquier edad que llevaban un libro en la mano, que leían con atención, que soltaban sonrisas recurrentes, pensativas, compartidas. Había un saludo, un gesto: «buenos días», «permiso», «¿cómo está?». Aquello era la manifestación visible de una inteligencia conectada con el entorno, con el otro, con la cultura. Hoy pareciera que nuestra sola presencia les molesta, que estorba. Es un caso patético, y debiera ser motivo de insomnio para todos aquellos políticos que diseñan o diseñarán las políticas públicas. Porque el reto no es solo arreglar calles o semáforos: el reto urgente es ganar esta batalla de las inteligencias, crear las condiciones para un nuevo ciudadano urbano, capaz de convivir, de pensar, de sentir. La sociedad debe ajustarse a los cambios globales que se avecinan, porque las transformaciones son profundas y no esperan.

Yo recuerdo con orgullo a la gloriosa generación a la que pertenezco. Nosotros caminábamos muchísimo a pie, el cuerpo y la mente se ejercitaban. Realizábamos infinidad de trabajos comunitarios, porque entendíamos que el barrio era nuestra extensión. A los diez años yo ya era boy-scout, aprendí el valor de la palabra y el servicio. Practicábamos deportes, formábamos grupos culturales y artísticos, y las personas mayores nos miraban con respeto y admiración, porque veían en nosotros continuidad y valores. Nuestra inteligencia se templaba en la acción, en la disciplina y en el saber compartido.

Hoy, en cambio, veo a una juventud convertida en marioneta de las redes sociales, manipulada por líderes mediáticos que muchas veces no tienen nada que enseñar salvo vacuidad. Ahora, cuando se reúnen, todos conversan sobre las marcas de sus carros, sobre lo que tienen o aparentan tener, atrapados en una carrera de apariencias sin sentido. Aquí cobra fuerza total la frase inmortal de Marshall McLuhan: «el medio es el mensaje».

Porque en esta lucha de inteligencias, el arma principal es el medio. El libro construye una inteligencia lenta, analítica, libre. La pantalla construye una inteligencia veloz, fragmentada, dependiente. Y lo que está en juego no es menos que el alma de nuestra nación. Si permitimos que gane la inteligencia vacía, habremos perdido nuestra identidad, nuestra memoria y nuestra capacidad de ser libres. Pero si rescatamos la inteligencia profunda, la que nace del estudio y de la conciencia, entonces podremos, algún día, salir definitivamente de este caos histórico y caminar, erguidos, hacia un mundo más justo, más humano y más nuestro.

Y aquí entro en mi tema

Pertenezco al mundo solidario de los años setenta. La falta de encontrar a alguien con quien pueda conversar acerca un tema importante. Este mundo de las nuevas tecnologías digitales está creando robots.

En la historia de la humanidad, pocas transformaciones han sido tan profundas y trascendentales como la que estamos viviendo hoy. Durante siglos, las naciones de Occidente construyeron un sistema mundial basado en la dominación, la explotación y el control de los recursos y los pueblos de lo que hoy llamamos el Sur Global. A través de distintas formas de colonialismo, primero directo y luego disfrazado de ayuda, comercio o instituciones internacionales, lograron mantener una estructura que les permitió acumular riqueza y poder, mientras dejaban a gran parte del mundo sumido en la pobreza, la dependencia y la crisis histórica. Sin embargo, ese orden, que parecía eterno, está llegando a su fin. Y el símbolo más claro y potente de este cambio es el bloque de los BRICS: Brasil, Rusia, China, India y Sudáfrica.

Para los países en vía de desarrollo, la existencia y el fortalecimiento de esta agrupación no es un simple acontecimiento geopolítico más. Representa, por fin, la oportunidad histórica de salir de manera definitiva de esa crisis de poder que ha marcado su existencia desde hace siglos. Es la puerta de entrada a un mundo distinto, mucho más apropiado para superar la pobreza que no es una fatalidad natural, sino una herencia directa de los saqueos y las imposiciones coloniales. Los BRICS han demostrado que es posible crecer, desarrollarse y progresar sin someterse a las reglas impuestas por las antiguas potencias, que siempre han diseñado el sistema para su propio beneficio. Al unir sus fuerzas, sus recursos, sus mercados y sus conocimientos, estas naciones han creado un espacio de cooperación basado en principios diferentes: respeto mutuo, soberanía nacional, no injerencia en asuntos internos y búsqueda del bien común. Es un modelo que responde a las necesidades reales de los pueblos del Sur, y no a los intereses de las élites de Occidente.

Esta realidad es la causa del profundo pánico que hoy sienten los estrategas, los políticos y los ideólogos de las potencias tradicionales. Lo que está en juego para ellos no es simplemente una disputa por mercados o territorios: es la supervivencia misma del sistema neocolonial que han mantenido en pie durante décadas con toda clase de artimañas, presiones, sanciones, guerras y manipulaciones. Saben perfectamente que si los países del Sur Global logran consolidar su independencia, su desarrollo y su capacidad de decisión propia, el orden que los ha favorecido tanto se les derrumbará por completo. Por eso reaccionan con agresividad, desinformación y hostilidad ante cualquier paso que den los BRICS o cualquier nación que busque caminos propios. Su miedo no es a un enemigo militar, sino a la libertad de los pueblos, a su derecho inalienable de decidir su propio destino y acceder a un mundo más justo, donde las relaciones internacionales se basen en la igualdad y no en la sumisión.

Sin embargo, esa terquedad, esa ceguera y esa ansia imperial de seguir imponiendo su voluntad a toda costa están poniendo en riesgo algo mucho más grande que sus propios privilegios: están poniendo en peligro la vida en el planeta y su propia existencia. Porque lo que ocurre hoy no es una simple lucha de ideologías, ni una competencia entre modelos políticos ya obsoletos. Se trata de comprender, de una vez por todas, que las sociedades humanas obedecen a leyes históricas profundas. Las civilizaciones cambian, los centros de poder se desplazan, las estructuras de dominación se agotan y, cuando los cambios son tan profundos como el que vivimos, resultan irreversibles. Ningún esfuerzo, por más violento o ingenioso que sea, podrá detener lo que la historia ya ha decidido.

Hay una verdad fundamental que Occidente se niega a aceptar, y que es clave para entender el fin de su época: los recursos naturales, ese «oro negro» que ha sido la sangre y el motor de su sistema, es finito y agotable. Durante siglos, construyeron su riqueza y su poder sobre la base de extraer, consumir y despilfarrar los bienes de la Tierra, como si fueran infinitos y como si el planeta pudiera soportar ese ritmo de explotación para siempre. Pero hoy la realidad es evidente: lo que ellos consideran su riqueza es, en realidad, el oxígeno y la vida del mundo, y se está acabando. Y cuando esos recursos lleguen a su fin, como es inevitable, también desaparecerá la base misma sobre la que se sostiene ese sistema colonialista que ya el planeta no soporta más.

La humanidad se encuentra ante una encrucijada histórica. O aceptamos que el mundo ha cambiado, que el poder se ha redistribuido, que todos los pueblos tienen derecho a su soberanía y a su desarrollo, y construimos un orden multipolar, inclusivo y justo; o nos dejamos arrastrar por la obsesión de quienes quieren mantener un mundo que ya murió, arriesgando con ello todo lo que hemos logrado como especie. Los BRICS y las naciones del Sur Global no vienen a dominar, vienen a liberar. Vienen a decir que la historia sigue su curso, y que ningún imperio, por más fuerte que parezca, puede ir en contra de la voluntad de los pueblos ni contra las leyes de la vida. Esa es la verdad que Occidente se niega a ver, pero que, tarde o temprano, tendrá que aceptar.

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