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RESUMEN
Por: Julio A. Ledesma (Jurista y Analista Social)
La política, en su concepción más pura, es un ejercicio de lealtades compartidas, identidades construidas en la llanura y compromisos sellados bajo la promesa de un bienestar común. Sin embargo, cuando las estructuras de poder comienzan a dinamitar sus propios cimientos, el eco de la ruptura se vuelve inevitable. La reciente e impactante salida del Partido Revolucionario Moderno (PRM) del senador por la provincia de Santo Domingo, Antonio Taveras Guzmán, no es un hecho aislado ni un simple disgusto: es una indignación al más alto nivel, el síntoma más visible de una patología profunda que está carcomiendo el tejido conectivo de la organización gobernante.
Es imposible no evocar los versos inmortales de Alberto Cortez: “Cuando un amigo se va, queda un espacio vacío, que no lo puede llenar la llegada de otro amigo”. En el contexto de la realpolitik dominicana, la partida de una figura de la estatura moral, empresarial y social de Taveras Guzmán deja un vacío que la aritmética electoral difícilmente podrá llenar con pragmatismo de última hora. Se va un aliado estratégico y amigo personal del presidente Luis Abinader, pero, sobre todo, se evidencia una alarmante desconexión entre la cúpula palaciega y los hombres y mujeres que construyeron la victoria desde el asfalto.
Las causas: el malestar del desapego y la exclusión
¿Cuál es el verdadero malestar que provoca este sangrado en el cuerpo de la organización? La respuesta no radica en la falta de presupuesto, sino en la falta de respeto. El PRM parece haber entrado en una preocupante fase de autocracia deliberativa, donde la toma de decisiones de alta relevancia para el destino del país se ejecuta a espaldas de la propia entidad política.
Asistimos a un escenario de conducción unipersonal, un hiperpresidencialismo de facto donde el consenso ha sido sustituido por el dictamen. La exclusión de los cuadros históricos y de los técnicos formados en las aulas del partido en la formulación de políticas públicas ha instalado una perniciosa cultura de la tecnocracia importada. Se gobierna con el oído puesto en los sectores fácticos y la mirada distante de la militancia que sudó la camiseta en los momentos de incertidumbre.
Las consecuencias: la hemorragia de las bases
El descontento no se limita a las alturas. La salida del senador de la provincia más poblada del país es el reflejo macroscópico de una realidad silenciosa y dolorosa: el abandono de las bases. Las estructuras intermedias y militantes del PRM hoy se sienten como convidados de piedra en su propio banquete. Han sido marginados de los espacios de relevancia y del bienestar que se prometió distribuir con justicia social.
Esta desatención ha desatado una auténtica hemorragia de dirigentes. No estamos ante una migración por prebendas, sino ante un éxodo por dignidad. Líderes comunitarios, presidentes de comités afectivos y movilizadores territoriales están abandonando la parcela oficialista para refugiarse en la oposición o en emergentes plataformas políticas. La base del partido, al sentirse desamparada y utilizada como mero combustible electoral, ha decidido apagar el motor del entusiasmo.
El pronóstico: la suerte del cuerpo desangrado
Como jurista, entiendo que las instituciones se sostienen sobre la legitimidad de sus reglas; como analista social, sé que los partidos sustentan sus columnas sobre los hombros de sus dirigentes, los cuales crearon las condiciones para llegar al poder. De continuar este sangrado indetenible, la suerte del partido de gobierno estará echada a la deriva, como barco sin brújula ni capitán de cara al futuro inmediato.
Un partido que da la espalda a su militancia es un gigante con pies de barro. La historia política dominicana es implacable y está llena de cadáveres de organizaciones que, embriagadas por las mieles del poder central, creyeron que las bases eran eternas e incondicionales. Si la cúpula del PRM no detiene la hemorragia mediante una profunda profilaxis de inclusión, respeto al mérito y democratización real de las decisiones, el costo será la fragmentación interna y, eventualmente, el retorno inevitable a la fría acera de la oposición.
Cuando un amigo de la calidad de Antonio Taveras se va, el partido no solo pierde un voto en el Senado; pierde un trozo de su alma fundacional. Ojalá la dirección oficialista entienda, antes de que sea tarde, que el poder es transitorio, pero el juicio de la historia y el cobro de la militancia abandonada son implacables.

