Editorial

Sistema de partidos en la República Dominicana


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Si hoy la República Dominicana puede exhibir una democracia estable y un crecimiento económico sostenido que la convierte en referente para América Latina, no es fruto del azar. Es el resultado de una historia tejida con sacrificios, acuerdos y la madurez política que, con luces y sombras, han demostrado nuestros líderes desde el histórico retorno de la democracia en 1978, con la llegada al poder del expresidente Antonio Guzmán Fernández. Desde entonces, en los momentos más críticos de nuestra historia reciente, nuestros políticos —con errores, pero también con valentía— han sabido anteponer el bienestar colectivo a los intereses particulares.

Tal es el caso de los últimos diez años de gobierno del expresidente Joaquín Balague, quien se reivindicó del estigma de los famosos doce (12) años. En esta nueva etapa de gobierno solo se le indilgo el caso de la desaparición del profesor universitario Narciso González Narcisazo.  En el caso del profesor Juan Bosch y Gaviño, este desarticuló los intentos de una crisis luego de las elecciones del año 1990, donde se alegó que el Dr. Joaquín Balaguer hizo fraude.

Basta recordar la crisis política de 1994, un momento en el que el país estuvo al borde del abismo institucional. En este caso Dr. José Francisco Peña Gómez, ese líder visionario y símbolo de esperanza para millones, renunció al poder compartido que le ofreció el presidente Joaquín Balaguer. Lo hizo no por debilidad, sino por grandeza. Su gesto de desprendimiento evitó que la nación se sumiera en una incertidumbre de consecuencias inimaginables. A él, y a todos los que han sabido actuar con responsabilidad en horas difíciles, les debemos más de lo que muchas veces reconocemos.

Traemos esto a colación porque es importante recordar que nuestros políticos no vienen de otro planeta. Son producto de nuestra sociedad, reflejo de nuestras virtudes y también de nuestras fallas. Es justo exigir más transparencia, una justicia independiente, instituciones más sólidas y una lucha real contra la corrupción. Pero no caigamos en el error de buscar soluciones en líderes mesiánicos ni en la destrucción del sistema de partidos. Ese camino sólo conduce al autoritarismo disfrazado de esperanza.

Nuestros políticos no son perfectos, pero son los que tenemos y con ellos —y con una ciudadanía activa y vigilante— debemos construir un país más justo y democrático. La solución no está en debilitar nuestras instituciones, sino en fortalecerlas. Apostemos por una democracia robusta, por un sistema de partidos más transparente, por mecanismos de control eficientes, y por una participación ciudadana cada vez más consciente y empoderada.

Como bien dijo Benito Juárez, “La democracia es el destino de la humanidad; la libertad su brazo indestructible.” Que no se nos olvide: nuestra democracia, imperfecta pero viva, es un patrimonio que debemos cuidar y perfeccionar, no demoler.

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