Investigación y Opinión

La “ultraderecha”: el espantajo progresista contra la civilización cristiana


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Por: Elías Wessin

Ese progresismo no debate el fondo de los temas (aborto, ideología de género, soberanía nacional, inmigración descontrolada o crisis moral); simplemente se etiqueta al adversario para descalificarlo.

Es la clásica operación de la neolengua denunciada por pensadores como George Orwell o Françoise Thom, esto es, manipular el lenguaje para hacer ilegítima cualquier disidencia del consenso progresista.

El artículo parte de una premisa ideológica, que las luchas impulsadas por el progresismo representan automáticamente “derechos”, y que oponerse a ellas constituye una forma de odio o exclusión. Pero la defensa de la vida, de la familia natural y de la identidad cultural de las naciones no nace de la “ultraderecha”, sino de la tradición moral judeocristiana que edificó Occidente.

La IglesiaCatólica defendía esos principios mucho antes de que existieran las categorías políticas modernas de derecha e izquierda; y las protestantes por igual, después de 1520.

Reducir la oposición a la ideología de género o al wokismo a un simple deseo de “eliminar derechos” es intelectualmente ocioso. El llamado movimiento woke no se limita a pedir tolerancia; exige adhesión obligatoria a postulados antropológicos radicales como la relativización del sexo biológico, la censura moral del disenso, el adoctrinamiento infantil y la persecución cultural contra quienes sostienen principios cristianos o conservadores.

Cuando padres protestan contra contenidos ideológicos en escuelas, o ciudadanos rechazan políticas identitarias, no están atacando derechos fundamentales; están defendiendo libertades básicas, incluida la libertad de conciencia.

También es falaz afirmar que el antiwokismo se opone a “todos los derechos de igualdad e inclusión”. Esa es precisamente la parodia progresista.

La derecha conservadora no rechaza la dignidad humana universal; rechaza que, bajo el pretexto de la inclusión, se impongan privilegios ideológicos, cuotas identitarias y censura política. Una cosa es igualdad ante la ley; otra muy distinta es convertir el Estado y las instituciones en aparatos de ingeniería cultural.

En cuanto a la inmigración, el artículo mezcla deliberadamente caridad cristiana con ingenuidad política. La doctrina social de la Iglesia jamás ha enseñado que las naciones deban renunciar a sus fronteras, a su soberanía o a su estabilidad interna. Sería una contradicción en sí misma si se considera al Vaticano como un Estado. El propio Tomás de Aquino reconocía el deber prudencial de preservar el orden de la comunidad política.

Defender controles migratorios no equivale a odiar inmigrantes; equivale a reconocer que un Estado tiene deberes concretos hacia sus ciudadanos y hacia la preservación de su cohesión social y cultural.

Resulta preocupante cómo ciertos sectores intentan criminalizar cualquier afirmación de soberanía nacional. En países como República Dominicana, donde la presión migratoria tiene implicaciones económicas, culturales y de seguridad nacional, exigir orden fronterizo no es “crueldad”, es responsabilidad de Estado.

La distinguida dama intenta presentar a la Iglesia Católica como si estuviera entrando en contradicción con los sectores conservadores por el tema migratorio o geopolítico. Su misión ha trascendido coyunturas partidarias. Que existan diferencias razonables entre líderes políticos conservadores y determinadas posiciones pastorales no significa ruptura doctrinal alguna.

Asimismo, en su escrito la licenciada Espinal cae en otra simplificación típica del progresismo, presentar las guerras, los conflictos internacionales y las tensiones globales únicamente como producto de una “ultraderecha cruel”.

Omite completamente el papel del expansionismo ideológico, del globalismo tecnocrático y de los intereses geopolíticos de grandes potencias y organismos internacionales. El mundo no está dividido entre “buenos misericordiosos” y “malos reaccionarios”; está atravesado por una profunda crisis de civilización o si prefiere como dijo Huntington en un profundo «choque de civilizaciones».

La frase final (“la crueldad está de moda”) es emocionalmente efectiva, pero políticamente manipuladora. Hoy también está de moda llamar “odio” a cualquier defensa de la tradición; llamar “fascismo” a la soberanía; llamar “extremismo” al cristianismo coherente; y llamar “derechos” a proyectos ideológicos incompatibles con la naturaleza humana y la libertad religiosa.

El verdadero debate no es entre “misericordia” y “crueldad”. Es entre dos visiones de sociedad; una que aún cree en verdades permanentes, orden moral, familia, nación y civilización cristiana; y otra que pretende disolver toda identidad estable bajo el relativismo cultural del progresismo global.

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